Históricamente, la enseñanza
médica se ha enfocado en producir “reparadores de daños”, quienes atiendan el
último eslabón de una cadena de eventos desafortunados que llevan al paciente a
necesitar una intervención específica, un tratamiento farmacológico o
quirúrgico, sin ver el origen y el contexto del problema.
Cada disciplina médica ha
creado su propia realidad, cuenta con sus propios axiomas y enfoques, habla su
propio idioma y discrimina a los intrusos que, perteneciendo a otra área,
atrevan a asomarse a la suya. Esto es favorecido desde las universidades;
podemos decir que somos producto de esa fragmentación del conocimiento, forjados
para admirar a quien posee un conocimiento amplio en algún campo, aunque este
sea muy limitado y carezca de una visión amplia o general de la realidad; mirando
con microscopio un bosque sin apreciar el panorama.
Si bien, la figura del médico
de cabecera (que acudía con su maletín y
por igual atendía al abuelo que había sufrido dos infartos, a la madre con su
síndrome climatérico, a la hija con su primer embarazo y al hijo que se había
fracturado el radio, para después sentarse a tomar café y hablar del precio del
maíz con el jefe de familia) parece imposible de recuperar, o representa hoy
algo anecdótico, es necesario adoptar una mirada antropológica, ubicando al
proceso salud-enfermedad en relación al ambiente, situación, individuo, familia
y grupo; visión que debe ser fomentada desde la universidad, madre nutricia del
profesionista.
El médico, que es en esencia un
educador, tiene su origen y fin en la gente, sin ella no existiría, debe
descender de ese pedestal en que él mismo se ha colocado y hablar con las
personas, conocer sus necesidades. El recurso más valioso para la protección de
la salud es la comunicación con la gente misma, el profesional de la salud debe
establecer lazos de apoyo con ella.
Es bien sabido que la
situación de las comunidades rurales y suburbanas no es la mejor, sin embargo,
cuando se tiene la intención de ayudar, lo demás es lo de menos. Cuando existen
tantas cosas sin hacer, el panorama de acción es ilimitado; se tiene la
oportunidad invaluable de romper en su principio la cadena de la enfermedad.
Para los estudiantes de
Medicina de la Universidad de Sonora, la oportunidad y el reto de trabajar con
la gente es un tesoro invaluable, por el cual no nos queda más que agradecer.
Esperamos que esto sea el inicio de una colaboración estrecha y continua entre
la universidad y Salud Municipal, que incluya a los diferentes estudiantes del
área de la salud de nuestro municipio, pues los beneficios finales serán para
la población que más lo necesita.
Los problemas en salud no
saben de colores de partidos, o no deberían saberlo, este trabajo colaborativo
debería instalarse de manera permanente, para devolver a la sociedad un poco de
lo que nos ha brindado.
Carlos Javier Mávita Corral
Alumno de Medicina
UNISON, Campus Cajeme